Hay amores que necesitan alimentarse de pequeñas dosis de embellecimiento para que cojan vuelo. Y sin prescripción médica, porque lo que estos amores necesitan es autorrecetarse.
Los que nacen de “Mitsubishi” se pueden ir olvidando de un romance largo porque seguramente entre los enormes montos de placer y la pupila dilatada, más de uno cae; de brazo en brazo. Cuando ataca el “detox”, las pupilas recuperan su tamaño y ven que la piel del otro no era tan suave, que las “led” de la noche anterior fueron las causantes de que la barbilla se le viera partida y los ojos azabaches; o se acaba el romance o –más adictivo aún– se recurre a otra dosis, para ir de remate en remate antes de caer en picada y descubrir que todo fue una ilusión ópticamente sensorial.
Los que fusionan la seducción con “sativa” no se acuerdan de nada. Se envuelven en excesivos placeres libidinosos, además de ser atacados por la risa, que en su mejor momento liga las maravillas con el tantra, pero ante la nebulosa deben comenzar cada dos horas de nuevo con el levante. Algunos adictos a la tinta optaron por tatuarse, como en Memento; sobre todo, escriben lo que aún no han hecho. Y van rodando en el bosque verde sin verle la maldad a sus actos y recurren a los pases para dos en los baños y a dejar que sean ellas quienes cangrejeen y caigan. Eso en su highlight pero, en el más común de los casos, olvidan a quién era que estaban enamorando porque su concentración está dirigida a un paquete de papas, a la pizza, a las hamburguesas, a los chocolates… Si la indigestión lo permite, podrían terminar en la cama.
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